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jueves, 3 de marzo de 2016

España entre el gobierno Berenguer y las elecciones de abril de 1931

En este artículo estudiamos el crucial período histórico de España desde que Berenguer se hizo cargo del gobierno hasta las elecciones municipales de abril de 1931 que llevaron a la proclamación de la II República.
El gobierno del general Berenguer pretendía establecer un proceso de transición desde la Dictadura de Primo de Rivera a la normalidad constitucional previa. Para entender la época que va desde la caída de Primo hasta la proclamación de la República hay que tener en cuenta que se deseaba volver a un sistema ya desprestigiado pero, también que uno de sus pilares, la Monarquía, se había deteriorado considerablemente, precisamente por haberse comprometido con la Dictadura. Ese deterioro, además, había provocado la deserción de las filas monárquicas de una parte considerable de la propia clase política del sistema de la Restauración. Berenguer enfocó la cuestión de la transición sin tener en cuenta estos factores. Era imposible regresar al año 1923 en 1930.
En su momento, Berenguer había adoptado una postura de oposición moderada a la Dictadura. Primo de Rivera había presentado al rey, antes de despedirse, una terna de sucesores y Berenguer era el más liberal de los tres. Así pues, Alfonso XIII le encargó formar gobierno. El general se pronunció sobre su deseo de regresar a la normalidad constitucional y anunció una serie de medidas liberalizadores que fueron bien recibidas por la opinión pública. Pero Berenguer no era un político y no supo moverse en las arenas movedizas de la política española heredada del sistema de la Restauración, complicada con el creciente poder de las fuerzas políticas y sociales ajenas a dicho sistema. Además, como hemos señalado, muchos políticos monárquicos decidieron no colaborar con el gobierno. En la crítica y la no colaboración con el gobierno destacaría Sánchez Guerra que lanzó durísimas diatribas contra el rey, al considerar que en la Dictadura “el impulso fue soberano”. Otros, como Ossorio y Gallardo, fueron más moderados en sus críticas. Ossorio siguió siendo “monárquico pero sin rey”. Pero el paso hacia el republicanismo era algo más complicado y solamente lo dieron dos políticos: Miguel Maura y Niceto Alcalá-Zamora. Ambos representarían una opción republicana moderada.
Pero, además, el ritmo de la transición era lentísimo, por lo que el gobierno de Berenguer fue calificado de “Dictablanda”. Lo que había comenzado bien terminó por ser muy criticado, provocando más deserciones de la causa monárquica y un deterioro de la popularidad de Berenguer. La opinión pública volvió a tener un peso considerable, después de la censura de la época de Primo de Rivera.
Berenguer solamente pudo contar con el apoyo de los sectores más conservadores, los que más hundían sus raíces en el caciquismo. Así pues, este nuevo gobierno se volvía a basar en los peores pilares del sistema de la Restauración, otro factor importante a tener en cuenta para entender su fracaso. Tampoco la política llevada por este gobierno fue audaz o novedosa; por ejemplo, se aplicó una política presupuestaria muy restrictiva sin gasto de ningún tipo, una falta de inversiones en obras públicas que podría haber paliado algo el paro creciente. Pero, también es cierto, la extrema derecha tampoco simpatizaba con Berenguer. La Unión Patriótica, el partido creado por Primo de Rivera, ahora reconvertido en Unión Monárquica Nacional, aunque mucho menos influyente que en el pasado, criticó los proyectos de Berenguer y los intentos de regresar al sistema constitucional.
En relación con el rey existe un cierto debate sobre sus ideas o pretensiones en la que sería su última etapa. Algunos piensan que si hubiera podido habría abandonado el trono antes de lo que lo hizo, pero estaba preocupado por la pésima salud del príncipe de Asturias. De hecho, al parecer, llegó a hablar con Santiago Alba sobre la posibilidad de realizar un plebiscito sobre su persona; pero, en todo caso, Alfonso XIII no tomó ninguna decisión sobre abandonar el trono.
Ortega y Gasset retrató este período en su famoso artículo El error Berenguer. Para el filósofo, lo principal no era que el general cometiera errores, el error había sido nombrarle presidente del Consejo de ministros. Ortega lanzó su dardo contra la Monarquía, al hacerla responsable de la situación y hasta de los problemas del país desde el pasado lejano.
Las fuerzas políticas y sociales al margen de la Dictadura y del sistema de la Restauración se crecieron en este momento. Los socialistas ya habían superado el debate sobre la colaboración o no con Primo de Rivera y se declaraban abiertamente por terminar con la Monarquía. Es el momento del protagonismo político de Indalecio Prieto que, personalmente, se comprometió en el Pacto de San Sebastián con los republicanos. Por su parte, la CNT volvió a ser legalizada y comenzó un rápido proceso de reconstrucción, después de la persecución a la que se vio sometida por Primo de Rivera. En agosto de 1930 se firmó el Pacto de San Sebastián, alianza entre el republicanismo histórico y el nuevo y con el socialismo, aunque con iniciales reticencias por parte de éste. Este Pacto creó una especie de gobierno provisional en la sombra.
El republicanismo español alcanzó su oportunidad histórica no tanto por su fuerza, sino por el desprestigio de la Monarquía entre amplias capas sociales del país. Una parte considerable de la sociedad española comenzó a pensar que la alternativa no era regresar al sistema liberal anterior, que había demostrado su incapacidad por reconvertirse o evolucionar hacia una plena democracia, sino caminar hacia la República. Los intelectuales tuvieron un especial protagonismo en esta movilización social republicana.
El ejército español jugó también un papel en el camino hacia la instauración de la República. En algunos sectores militares, fuera de la alta oficialidad, había un claro malestar.
En la segunda mitad del año 1930 el gobierno de Dámaso Berenguer entró en franca crisis, como lo demuestran los fallidos intentos de frenar caída de la peseta y la creciente movilización republicana en grandes actos públicos. La extrema derecha reaccionó a esta movilización con la violencia de los grupos denominados Legionarios de España del Partido Nacionalista Español. También, el gobierno respondió con medidas represoras frente a las células republicanas en el Ejército o deteniendo a los dirigentes más radicales de la oposición. En noviembre la UGT y la CNT convocaron una huelga general en Madrid en protesta por un accidente laboral, huelga que se extendió a Barcelona y otras capitales. El conflicto le costó el puesto al ministro de la Gobernación.
El Comité de la Conjunción, nacido del Pacto de San Sebastián, se autoproclamó Gobierno Provisional de la República. En este momento dedicó sus esfuerzos a preparar el levantamiento contra el sistema. Este levantamiento debía iniciarse con una insurrección militar al mando del general Queipo de Llano y sería apoyado por una huelga general, en la que se esperaba el apoyo de los anarcosindicalistas. Pero esta sublevación no se organizó muy bien, especialmente, en lo que se refiere a la coordinación de sus elementos. El día 12 de diciembre, los capitales Galán y García Hernández se sublevaron en Jaca, pero fueron derrotados con facilidad por las tropas leales al gobierno y ejecutados tras un consejo de guerra. El gobierno detuvo al Comité republicano y abortó el intento de golpe del aeródromo de Cuatro Vientos. Aunque las organizaciones obreras declararon la huelga general para el día 15 la inhibición de la dirección de la UGT y la proclamación del estado de guerra hicieron que fracasara. Aunque el gobierno Berenguer había frenado el intento de sublevación y de huelga general había perdido la batalla de la opinión pública. Los ejecutados en Jaca se convirtieron en mártires, y los líderes republicanos encarcelados o exiliados recibieron el apoyo popular en grandes manifestaciones.
El general Berenguer deseaba la convocatoria de elecciones generales pero entre las fuerzas dinásticas comenzó a cundir la idea de que no era una buena idea, una vez que los republicanos habían decretado el boicot a estas elecciones. El Centro Constitucional se pronunció a finales de enero de 1931 por la abstención. Los socialistas también se inclinaron por esta misma opción. Pero el día 8 de febrero el gobierno convocó las elecciones generales para el día 1 de marzo. Para que se dieran elecciones era obligatorio que se restablecieran las garantías constitucionales durante la campaña electoral. Ese restablecimiento de libertades fue fundamental para el avance de la causa republicana. Dos días después del decreto de elecciones, nació la Agrupación al Servicio de la República de Ortega y Gasset y otros destacados intelectuales. Además, para empeorar más la situación para el gobierno Berenguer, destacados liberales como Romanones y Manuel García Prieto solicitaron la abstención electoral. Cambó aconsejó al monarca que anulara las elecciones y que formase un gobierno de concentración presidido por el liberal Santiago Alba. Berenguer estaba aislado y optó por dimitir el 14 de febrero. La convocatoria de elecciones se suspendió.
Ante la dimisión de Berenguer el rey optó por buscar una solución hacia la izquierda dinástica. La baza podría ser Santiago Alba pero éste se negó. Por otro lado, Alfonso XIII no aceptó las pretensiones de los constitucionalistas de Melquíades Álvarez. El problema era tan grave que el monarca contactó con Sánchez Guerra, el político conservador que tanto le había criticado y que se había enfrentado a la Dictadura de Primo de Rivera. Pero esta opción no cuajó. Ante esta situación el rey presionó a los políticos dinásticos para que aceptaran formar un gobierno de concentración. Al final, el 18 de febrero se formó un gobierno presidido por el almirante José Bautista Aznar, personaje con escasísima experiencia política. Realmente, la figura predominante de este ejecutivo era el incombustible conde de Romanones. En el gobierno estaban, también: Bugallal, Juan de la Cierva, García Prieto, Gabriel Maura, Joan Ventosa y el propio Berenguer, como figuras más destacadas. Era un gobierno que representaba, claramente, el pasado, por lo que no levantó ningún entusiasmo.
El nuevo gobierno defendió la idea de ralentizar la vuelta a la normalidad constitucional a través de un calendario de consultas electorales, que comenzaría con las municipales para el 12 de febrero, las provinciales para el 3 de mayo y, por fin, las generales para el 7 y 14 de mayo (diputados y senadores, respectivamente), frente al interés del gobierno anterior por ir directamente a estas últimas. El objetivo del ejecutivo era que las elecciones municipales terminaran con la interinidad establecida por el gobierno anterior en los consistorios y otorgar credibilidad democrática a todo el proceso electoral restante.
Mientras llegaban las elecciones del 12 de abril el gobierno Aznar tuvo que hacer frente a una intensificación de la movilización social y política de la oposición. Los estudiantes se destacaron en las manifestaciones. La condena a muerte el 18 de marzo del capitán Sediles, aunque luego indultado, desencadenó importantes manifestaciones estudiantiles en varias ciudades. Estas manifestaciones alcanzaron su cénit cuando el día 23 de marzo se dio a conocer la liberación de los miembros del Comité Republicano. La FUE comenzó a adoptar una actitud insurreccional con el apoyo obrero, especialmente cuando la policía mató a un estudiante de la Facultad de Medicina de la Universidad Central. Esta marea estudiantil desconcertó al gobierno.
La campaña electoral para las municipales frenó la conflictividad. Las elecciones municipales, como hemos señalado, pretendían dar legitimidad al período de transición y del proceso electoral pero fueron un error estratégico del gobierno, ya que, los republicanos y los socialistas eran muy fuertes en las ciudades, cuyo voto estaba ya libre de las manipulaciones electorales del caciquismo. De hecho, ni unos ni los otros optaron por la abstención ni el retraimiento electoral. Además, no debemos olvidar que hacía ocho años que no había habido elecciones y el censo electoral español había cambiado, tanto en su número como en su composición, sin olvidar que la maquinaria electoral caciquil estaba desengrasada. Las fuerzas gubernamentales o dinásticas confiaban en el voto rural y no se movilizaron especialmente por el voto, desarrollando una campaña electoral basada en el argumento del miedo de la burguesía. Por el contrario, la conjunción republicana-socialista desarrolló una campaña muy activa y coordinada. El argumento principal de la campaña giraba en torno a la idea que estas elecciones eran un plebiscito por la República que, a medio plazo llegaría.
Las elecciones se celebraron, como queda dicho, el día 12 de abril. En realidad, los monárquicos consiguieron más concejales, superando el número de treinta mil, mientras que la Conjunción llegó a los nueve mil, aproximadamente. Pero muchos ediles monárquicos habían sido proclamados por el famoso artículo 29 de la Ley electoral, que evitaba la votación donde sólo había una candidatura, hecho muy vinculado con el viejo caciquismo. El hecho más decisivo de los resultados era que la oposición había ganado en 41 de las 50 capitales de provincia y en las grandes poblaciones. El voto urbano había ido, en su gran mayoría, hacia los republicanos y socialistas, donde el caciquismo había sido superado. El camino hacia la proclamación de la República estaba abierto.

Eduardo Montagut

sábado, 2 de enero de 2016

Miguel Maura y el republicanismo conservador

En este artículo glosaremos la vida de un personaje muy importante en el pequeño pero activo universo del republicanismo español conservador democrático, hijo de un prohombre del conservadurismo español como fue Antonio Maura. Estamos aludiendo a Miguel Maura.

Miguel Maura Gamazo nació en Madrid el 13 de diciembre de 1887, siendo el séptimo hijo de Antonio Maura, personaje clave en el reinado de Alfonso XIII, y de Constancia Gamazo, hermana de otro personaje fundamental en la política española de la época de la Restauración, Germán Gamazo. 

Nuestro protagonista comenzó en política en el seno del Partido Conservador en 1913. Fue elegido diputado maurista en el año 1916 por Alicante. El maurismo supuso una variante del conservadurismo, una puesta al día del mismo en el siglo XX frente al viejo conservadurismo que había representado Cánovas del Castillo. Tenía mucho de regeneracionismo, de reformismo con tintes sociales, aunque un tanto paternalista. Fue precisamente en 1913 cuando gran parte de las juventudes conservadoras se solidarizaron con Antonio Maura frente a Eduardo Dato. El maurismo, por otro lado, ponía de relieve la crisis del Partido Conservador, problema que también sufría el Partido Liberal. El maurismo fue una apuesta fallida por transformar un viejo Partido de cuadros, de élites, en otro más moderno, propio del siglo XX, aunque sería cantera de muchos políticos posteriores.


Aunque Miguel Maura comenzó por contemporizar con la Dictadura de Primo de Rivera ante el evidente fracaso del sistema político de la Restauración terminó por desplazarse hacia el republicanismo, opción que no compartían sus hermanos. Recordemos que uno de ellos fue el político e historiador duque de Maura, nombrado ministro en el último gobierno de Alfonso XIII. Además, la mayor parte de los mauristas sí apoyaron claramente la Dictadura y optaron por posiciones mucho más a la derecha. En este sentido basta con recordar a José Calvo Sotelo.

En 1930 se involucró en la coalición republicana y, tras los sucesos de Jaca, fue detenido. Creó una pequeña formación republicana pero que, muy pronto, se fusionó con la Derecha Liberal Republicana de Niceto Alcalá-Zamora. Miguel Maura fue un personaje muy activo en la época de la llegada de la República, participando en el Pacto de San Sebastián. El personaje representaba, junto con Alcalá-Zamora, la postura conservadora española legalista y defensora de las instituciones, que quedó sepultada por las otras derechas y que fracasó como alternativa democrática. Maura quiso que esa derecha participara activamente en la República, defendiendo sus posturas e ideas, intentando obtener el poder pero no para desvirtuar el sistema para crear otro nuevo, lo que le enfrentó a la derecha no democrática y, también a la CEDA y a Gil-Robles por su extremismo. Tampoco comulgó con el Partido Radical de Lerroux, quizás por la trayectoria política de este político, sintiéndose muy lejos de su populismo.

Maura participó en el primer gobierno de la República y en la intensa etapa constitucional. Ferviente católico, pero no ultramontano, terminó por enfrentarse al anticlericalismo de la izquierda en el gobierno, lo que hizo que dimitiera. Maura intentó convencer a sus colegas del gobierno sobre la necesidad de que se reconociera el catolicismo en España por su arraigo y que era necesario buscar alguna fórmula de entendimiento con la Iglesia. En agosto de 1931, la Derecha Liberal Republicana cambió su nombre por el de Partido Republicano Progresista. En enero de 1932, el ala derecha de la formación, liderada por Maura, se escindió, creando el Partido Republicano Conservador. Pero Maura fracasó en las elecciones de 1933, ya que solamente obtuvo 17 escaños, frente a la fuerza de la CEDA. 

Durante el bienio radical-cedista se caracterizó por intentar rebajar la tensión parlamentaria entre la derecha y la izquierda. En 1935, el presidente de la República pensó en él para dirigir un gobierno pero la derecha no le apoyó porque Maura quería aprobar una amnistía para los involucrados en la Revolución de Octubre, dentro de su línea de buscar consensos.

En las elecciones de febrero de 1936 su formación solamente se consiguió 3 escaños. El partido participó en la elección a compromisarios para elegir al presidente de la República, única formación conservadora, junto con la Lliga Catalana, que no boicoteó el proceso. En el mes de junio publicó unos artículos en El Sol, que generaron no poca polémica. En ellos abogaba por la instauración de una dictadura nacional republicana, un régimen transitorio para restablecer el orden frente a la radicalización general que se vivía en la primavera. Quería que se enfrentase a los sectores más radicales de la derecha y la izquierda para salvar a la República. Al parecer, cuando estalló la guerra el propio Azaña quiso nombrarle para que se formase un gobierno de unidad nacional para enfrentarse a la situación. Pero él exigía poder establecer ese régimen transitorio. Aunque los sectores menos radicales de un lado y de otro no veían, en principio, con malos ojos a Maura el resto de los republicanos y los sectores a la izquierda del PSOE se negaron en rotundo a aceptar esta solución.

El PRC desapareció en la guerra. Maura estuvo al margen del conflicto, se exilió y regresó a España en los años cincuenta de forma discreta y nunca colaboró con el franquismo. Murió en el año 1971 en Zaragoza.

Miguel Maura escribió un libro muy importante, ya obra clásica, para entender el intenso período histórico que determinó la llegada de la República y que lleva por título, Así cayó Alfonso XIII. La obra vio la luz en México en 1962, aunque no pudo publicarse en España hasta 1966, con la censura pertinente. La primera edición libre de censuras es del año 1981. En el año 2007, su nieto y profesor, Joaquín Romero Maura, sacó una nueva edición con un prólogo de su autoría y con textos de su abuelo hasta la llegada de Franco.


Eduardo Montagut

jueves, 31 de diciembre de 2015

Niceto Alcalá-Zamora y Torres

Niceto Alcalá-Zamora nació en 1877 en Priego, provincia de Córdoba. Con 17 años se licenció en Derecho, demostrando su gran capacidad intelectual. Pocos años después era letrado del Consejo de Estado, toda una proeza. Brilló en su carrera de abogado, pero muy pronto demostró su vocación política y se decantó por el Partido Liberal. En 1905 fue elegido diputado por La Carolina. Fue director de Administración Local y subsecretario del Ministerio de la Gobernación. Estuvo en los prolegómenos y discusiones sobre la ley de Mancomunidades, proyecto de Canalejas para reformar en parte el centralismo del Estado liberal español, a la que se acogerían después las diputaciones provinciales catalanas para formar la Mancomunitat de Catalunya.
Alcalá-Zamora estuvo en la órbita del conde de Romanones pero terminó en la de Manuel García Prieto con su Partido Liberal Democrático. En 1917 fue nombrado ministro de Fomento en un gobierno presidido por García Prieto. También fue ministro de la Guerra en un gobierno de concentración liberal, que presidió el mismo García Prieto.
La Dictadura de Primo de Rivera provocó en Alcalá-Zamora una evidente evolución política, especialmente en lo referente a la forma de Estado, ya que abandonó su vocación monárquica por la republicana. El día 13 de abril de 1930, justo un año antes de proclamarse la República y estando ya gobernando Dámaso Berenguer, pronunció un capital discurso en el teatro Apolo de Valencia en el que reivindicó la instauración de una República, siguiendo el modelo de la III República francesa. Este discurso tuvo una gran repercusión en algunos ámbitos de la burguesía española, ya que les inclinó hacia la solución republicana en clave moderada, pero rompiendo con la tradicional y casi monolítica adhesión de esta clase hacia la Monarquía.
En ese mismo año de 1930 formó un partido, la Derecha Liberal Republicana que, inmediatamente, se fusionó con la nueva formación republicana de Miguel Maura, otro de los principales defensores del republicanismo moderado, y que también había evolucionado políticamente (recordemos que era hijo de Antonio Maura), habida cuenta del desprestigio en el que había caído la causa monárquica por su vinculación con una dictadura que había terminado con el régimen parlamentario. El nuevo partido estuvo presente en la formación y firma del Pacto de San Sebastián en agosto de 1930. En el Pacto salió el comité encargado de promocionar la acción republicana en España. Alcalá-Zamora fue elegido su presidente.
El 12 de diciembre se produjo la sublevación de Jaca y del Aeródromo de Cuatro Vientos en las afueras de Madrid, y que fracasaron. Alcalá-Zamora fue uno de los detenidos por el gobierno por la implicación del comité en la insurrección republicana. Los encausados fueron juzgados en marzo de 1931, siendo condenados a seis meses de cárcel y un día, aunque se les concedió la libertad condicional.
Los hechos del 12, 13 y 14 de abril hicieron que de forma pacífica se instaurase la República. Alcalá-Zamora pasó de dirigir el comité republicano a presidir el nuevo gobierno provisional y ejercer de jefe de Estado hasta la aprobación de una Constitución. Dos decretos del 15 de abril así lo estipulaban, junto con el Estatuto del nuevo gobierno.
Alcalá-Zamora presidía un gobierno con miembros muy distintos y de tendencias diversas: republicanos de izquierda, republicanos moderados y socialistas. Su mayor problema se planteó cuando se dio la discusión parlamentaria sobre el encaje de la Iglesia Católica en el nuevo Estado en la Constitución. Su catolicismo chocó con la radical separación entre Iglesia y Estado que se planteó y terminó por aprobarse, como le ocurrió a Miguel Maura. Ambos terminarían por dimitir el 14 de octubre de 1931. Azaña se hizo cargo de la presidencia del gobierno.
Alcalá-Zamora parecía proclive a emprender una campaña revisionista. Pero los republicanos de izquierda y los socialistas reaccionaron con prontitud, temerosos de que el principal líder del único sector moderado proclive a la República hiciera campaña contra el nuevo régimen y optaron por atraerle de nuevo ofreciéndole la presidencia de la República. Fue el único candidato. El día 11 de diciembre de 1931 juró el cargo.
El nuevo presidente de la República quiso siempre intervenir en todos los asuntos políticos para frenar o compensar las decisiones que tomaba el gobierno del primer bienio, claramente de izquierdas, es decir, frente a Azaña y los socialistas. Alcalá-Zamora tenía un cierto talante autoritario y estaba convencido de su papel institucional. Se negó a firmar la Ley de Congregaciones por la que se secularizaba la enseñanza, y la Ley del Tribunal de Garantías Constitucionales, pero no se atrevió a dar el paso del veto y terminó cediendo. Las tensiones con Azaña terminaron por agudizarse, especialmente en el año 1933.
Cuando, finalmente, Azaña dimitió en septiembre de 1933, Alcalá-Zamora convocó elecciones generales. La nueva etapa política, dominada por los radicales de Alejandro Lerroux y la CEDA de José María Gil-Robles tampoco fue fácil para el presidente de la República, ya que desconfiaba de la derecha representada por el segundo porque, a pesar del declarado posibilismo de su líder, no había jurado lealtad a la República. Si Alcalá-Zamora no se sentía a gusto con la izquierda por su propia ideología tampoco estaba en su medio con las nuevas derechas y sus tendencias totalitarias, porque a pesar de su talante intervencionista siempre fue muy respetuoso con las reglas del juego democrático y parlamentario.
El fin de la carrera política de Alcalá-Zamora comenzó, precisamente, con el triunfo del Frente Popular, ya que se abrió un debate en las nuevas Cortes sobre la supuesta inconstitucionalidad de la última disolución de las mismas por parte del presidente de la República. La Constitución le facultaba para disolver las Cortes dos veces, aunque la segunda debía ser sometida al enjuiciamiento de la Cámara. Si una mayoría de la misma consideraba que había sido ilegítima, el presidente podía ser destituido. Y eso es lo que ocurrió. El día 7 de abril de 1936 se produjo la votación. Un grupo muy amplio de diputados se ausentó pero los que criticaban al presidente consiguieron la mayoría absoluta necesaria. Alcalá-Zamora se resistió pero, siempre fiel al final a las reglas, abandonó y admitió el cese.
Alcalá-Zamora estaba viajando por Noruega cuando se produjo el golpe del 18 de julio. Decidió no regresar a España cuando supo que unos milicianos habían saqueado su domicilio. Pasó a residir en Francia. Con la entrada de los alemanes en Francia emprendió la huida sufriendo no pocas penalidades, temeroso de que le detuvieran los nazis o los colaboracionistas de Vichy. Pudo llegar a la Argentina en enero de 1942 donde vivió de sus publicaciones. Murió en 1949 en Buenos Aires. Sus restos mortales fueron repatriados en 1979.

Eduardo Montagut

viernes, 18 de diciembre de 2015

La composición del Gobierno Provisional de la República

El Gobierno Provisional de la República fue presidido por Niceto Alcalá-Zamora, líder de la Derecha Liberal Republicana, católico, y que procedía de la antigua clase política de la Restauración, y que desengañado del régimen evolucionó hacia el republicanismo moderado. Sería el primer presidente de la República.

El ministro de la Gobernación era Miguel Maura, hermano de Gabriel, que había pertenecido al último gobierno de la Monarquía, ambos hijos de uno de los políticos más destacados del Partido Conservador de la Monarquía, Antonio Maura. Miguel era compañero de militancia de Nicolás Alcalá-Zamora. Tanto Alcalá-Zamora como Maura fueron genuinos representantes de la derecha democrática católica española.

Alejandro Lerroux llevaba, también, muchos años en la política desde el Partido Radical, la formación más importante del republicanismo español hasta ese momento, aunque con recursos económicos escasos y convertido más bien en una suma de organizaciones que en un sólido partido. Ya no era el político encendido y populista de la Barcelona donde se le conoció como el emperador del Paralelo. Era ministro de Estado (Asuntos Exteriores). Lerroux consideraba que este era un ministerio de segunda y que merecía más poder, pero era el político que más prevenciones levantaba entre los demás por la imagen clientelar y corrupta que le acompañaba y que aumentaría en el futuro. Terminaría presidiendo varios gobiernos de la época del Bienio radical-cedista.

El Partido Radical tenía otro miembro en el gobierno, Diego Martínez Barrio, conspirador contra la Dictadura, y que había sido concejal de Sevilla durante muchos años. Se encargó del Ministerio de Comunicaciones, tampoco un Ministerio de gran peso político. Martínez Barrio terminaría alejándose de Lerroux por la vinculación de éste hacia la CEDA y la derecha. Presidiría la República en el exilio.

Nicolau d’Olwer ocupó la cartera de Economía. Se trataba de un profesor, que en 1922 había participado en la fundación deAcció Catalana, y que acababa de fusionarse con Acción Republicana de Catalunya para formar el Partit Catalanista Republicà. D’Olwer representaba el autonomismo catalán desde posturas moderadas frente a la Esquerra que, por otro lado, terminó por ser hegemónica en Cataluña.

A la izquierda se encontraba Manuel Azaña, antiguo militante del Partido Reformista de Melquiádes Álvarez, y ahora destacado dirigente de la Alianza Republicana. Azaña era el gran intelectual del gobierno y personaje llamado a altos destinos en la República y en la Historia de España. Se encargó del Ministerio de la Guerra.

Santiago Casares Quiroga, dirigente de la Organización Republicana Gallega Autónoma y abogado coruñés, se encargó del Ministerio de Marina.

Marcelino Domingo, maestro y periodista, destacado republicano y fundador del Partit Republicà Català ocupó la cartera de Instrucción Pública. Domingo junto con Álvaro de Albornoz, a la sazón, ministro de Fomento, había fundado el Partido Radical Socialista por discrepar con la línea política del radicalismo de Lerroux. Se trataría de un partido a su izquierda. Albornoz era abogado y periodista.

El Partido Socialista Obrero Español tuvo a tres figuras destacadas en el gobierno. Fernando de los Ríos, catedrático e intelectual, fue el ministro de Justicia. Indalecio Prieto, autodidacta, periodista, veterano militante e infatigable luchador contra la Dictadura. Defendió el compromiso con los republicanos frente a la contemporización con el dictador Primo de Rivera por lo que estuvo en la reunión del Pacto de San Sebastián a título personal y no representando al Partido, se encargó de la responsabilidad de Hacienda. Por fin, otro de los grandes dirigentes del Partido, Francisco Largo Caballero, fue ministro de Trabajo. Largo era, además, secretario general de la UGT; había apoyado la aceptación de cargos públicos con Primo aunque con el tiempo se distanció de esta colaboración. Estaría llamado a altas responsabilidades en un momento crucial de la Historia de España en plena guerra civil.

Eduardo Montagut



lunes, 7 de diciembre de 2015

El Estatuto Jurídico del Gobierno Provisional de la Segunda República

En este artículo estudiamos un aspecto legal poco conocido de los inicios de la Segunda República Española, pero sumamente importante porque estableció el marco legal en España desde mediados de abril hasta la aprobación de la Constitución en diciembre de 1931. Nos referimos al Estatuto Jurídico del Gobierno Provisional.

El día 15 de abril de 1931 se publicó un decreto en la Gaceta de Madrid, por el que se anunciaba que el Comité Político de la República había tomado el poder adoptando el título de Gobierno Provisional de la República. Un segundo decreto nombraba a Niceto Alcalá-Zamora presidente del Gobierno, que asumía las funciones de Jefe de Estado. Recordemos que estas funciones habían sido ejercidas por el rey Alfonso XIII hasta el día anterior, por lo que se evitaba con ambos decretos la situación de vacío de poder. También se hacía público el nombramiento de los ministros del Gobierno Provisional.

Pues bien, en ese mismo momento entró en vigor el Estatuto Jurídico del Gobierno, y que lo estaría hasta la aprobación en diciembre de la Constitución de 1931.

El Estatuto estipulaba que el Gobierno tendría plenos poderes pero, para evitar la arbitrariedad, y habida cuenta de que no había poder legislativo que pudiera controlar al Gobierno, se sujetaría a normas jurídicas. Quedaba claro en el propio decreto que una vez elegidas las Cortes Constituyentes,el Gobierno se sometería a las mismas.

El artículo segundo establecía el propósito de someter a juicio los asuntos que quedaron pendientes en las Cortes en 1923 cuando se produjo el golpe de Primo de Rivera. Es evidente que se trataba de una alusión a los hechos que estaban siendo investigados en relación con el Desastre de Annual, de tanta trascendencia en el desencadenante final de la crisis del sistema político de la Restauración. Pero también se aludía los hechos producidos posteriormente, es decir en la Dictadura.

Los artículos tercero, cuarto y quinto tienen mucha importancia porque contienen una especie de declaración provisional de derechos hasta que esta parte fuera elaborada y aprobada en la futura Constitución. El Gobierno asumía, en el artículo tercero, el reconocimiento de la libertad de creencias y culto. En el artículo siguiente se reconocía la libertad individual y los denominados “derechos ciudadanos”. Por fin, en el artículo quinto se reconocía el derecho de la propiedad, pero anunciaba algo de las restricciones que luego la Constitución establecería, ya que aludía a que dicho derecho en el campo estaba sujeto a la función social de la tierra por la terrible situación social de la mayoría de los campesinos.

El artículo sexto facultaba al Gobierno Provisional para suspender temporalmente los derechos reconocidos en el artículo cuarto, aunque debería argumentarlo ante las Cortes Constituyentes. Se justificaba por el deber del Gobierno de defender la República de sus posibles enemigos, aunque no se cita este término, aludiendo a “quienes desde fuertes posiciones seculares y prevalidos de sus medios, pueden dificultar su consolidación”. Pero, sin lugar a dudas, esta cuestión fue y es polémica, ya que no quedaba clara la cuestión de las garantías de los derechos y podría dejar la puerta abierta a la suspensión de algunos derechos como los de reunión o manifestación para las opciones políticas y sindicales contrarias a la República, como los partidos monárquicos y muy conservadores, o los anarcosindicalistas de la CNT y los comunistas.

Eduardo Montagut