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lunes, 22 de febrero de 2016

Federalismo

El federalismo es el sistema de organización territorial de un Estado en el que las unidades políticas –los estados- que lo componen tienen un grado muy alto de autogobierno, aunque estas unidades se subordinan a un poder federal o central en determinadas materias o competencias generales, como suelen ser las fuerzas armadas, la política exterior, las directrices generales económicas, servicios administrativos comunes, grandes infraestructuras, etc.., estableciendo un equilibrio en sus constituciones. En los Estados federales el poder legislativo es bicameral, con una cámara baja donde están representadas las circunscripciones electorales en función de su demografía, junto con cámaras altas de representación territorial, que suele ser igualitaria para evitar el predominio de unos estados sobre otros. Los conflictos de competencias entre el Estado federal y los estados se resuelven en los tribunales federales, que también ejercen como tribunales constitucionales.
El federalismo surgió con la creación de los Estados Unidos y la promulgación de su Constitución de 1787. Los estados soberanos –las antiguas trece colonias británicas- pactaron asociarse pero estableciendo vínculos estrechos para crear una federación y no una confederación, aunque no sin cierta tensión entre los partidarios del fortalecimiento del poder federal y los defensores de los poderes de cada estado, y que duró durante un largo período de tiempo. La guerra de Secesión supuso la principal crisis de este sistema político. También puede darse el camino inverso, es decir, partir de un Estado más o menos centralizado que se descentraliza. La Unión Soviética fue un Estado federal de repúblicas, que partió de la descentralización, además de la pérdida de algunos territorios, del antiguo Imperio zarista. El Estado de las autonomías español, sin ser federal, sí supuso una clara descentralización desde un Estado muy centralizado, herencia combinada del centralismo liberal decimonónico y del acusado centralismo franquista, y que solamente fue cuestionado con el proyecto federal de 1873 y el Estado integral de la Segunda República, que reconocía las autonomías, ya que no puede considerarse un modelo alternativo la ley de mancomunidades de 1913.
Por otro lado, el federalismo es también una doctrina política que defiende el sistema político descrito anteriormente. En este sentido, en España existió una tendencia federalista republicana que nació en el siglo XIX y que intentó poner en práctica una solución federal, sin éxito, en la I República, con dos vertientes, una de desde arriba con el proyecto constitucional de 1873 y, otra desde abajo y con un carácter más social, con el movimiento cantonalista.
Por fin, el federalismo es una opción para avanzar en la construcción europea, como un medio para dinamizar las instituciones de la Unión Europea, generar políticas comunes, agilizar el sistema político y administrativo y ganar en calidad democrática, con el fin de servir de forma más adecuada a los ciudadanos europeos en un mundo globalizado.

Eduardo Montagut

 http://www.publicoscopia.com/cultura/item/4451-breves-nociones-de-federalismo.html

http://www.nuevatribuna.es/opinion/eduardo-montagut/federalismo/20131118103435098373.html

http://www.ecorepublicano.es/2015/10/aproximacion-al-federalismo.html

viernes, 11 de diciembre de 2015

La República de los Estados Unidos hasta la Guerra de Secesión

El sistema político republicano de los Estados Unidos diseñado en la Constitución de 1787 no supuso más que el comienzo de una ardua tarea para asentarlo, perfeccionarlo y, sobre todo, ponerlo en práctica. El régimen era presidencialista y no sólo por lo que estipulaba el texto constitucional sino por la propia voluntad de su primer presidente, George Washington. Esta opción pretendía crear un poder fuerte frente a las fuerzas menos centralistas, más disgregadoras. El presidente tenía grandes competencias constitucionales, especialmente a través del derecho al veto sobre leyes aprobadas en el Congreso, pero también es cierto que el poder legislativo norteamericano conservaba mucho poder porque la mayor parte de las políticas y las decisiones que habría que tomar necesitaban siempre la ratificación de las dos cámaras.

En Estados Unidos se produce uno de los capítulos más importantes de la historia de los sistemas políticos contemporáneos, el relacionado con el nacimiento de los partidos políticos, organizaciones que pretenden estructurar y coordinar posicionamientos ideológicos, intereses y aspiraciones comunes ante los poderes de la nación. Es cierto que ya había partidos en Inglaterra –whigs y tories- pero será al otro lado del Océano Atlántico donde se estructuren más claramente. Surgieron dos formaciones, el Partido Federal y el Partido Republicano. El Federal sufrirá una crisis muy temprana entre dos sectores, como tendremos ocasión de estudiar. Los republicanos, por su parte, eran defensores de la independencia de los Estados. A partir de los años veinte del siglo XIX pasaría a denominarse Partido Demócrata. Los inicios de los partidos están marcados, como vemos, por crisis y titubeos, y eso es fruto de que se trataría de organizaciones muy pragmáticas y no tanto teóricas. Así pues, se adaptan y cambian, por lo que no parece extraño que durante algún tiempo bajo una misma etiqueta política puedan cobijarse programas distintos y hasta contradictorios. Los primeros republicanos no tienen nada que ver con los republicanos de mediados del siglo XIX, por ejemplo.

En los momentos finales del siglo XVIII los federalistas eran centralistas y los republicanos anticentralistas. Pero esta diferencia crucial no es la única, también les separa la política económica a emprender después de los graves problemas que la guerra había provocado. Pero, además, el conflicto y las competencias o atribuciones de cada Estado habían generado un claro desbarajuste, como el de la existencia de distintas monedas, fenómeno que tendría mucho que ver con el vertiginoso aumento de la inflación, además del déficit por los gastos militares. Hamilton, a la sazón secretario del Tesoro, propuso medidas centralizadoras como la creación de un Banco nacional, y la consolidación de la deuda de los estados bajo la responsabilidad del gobierno federal. El secretario de Estado, Jefferson, en cambio, no es partidario de estas medidas.

Por otro lado, los federalistas estaban desunidos por cuestiones políticas. Los hamiltonianos, entre los que estaría el propio Washington, mantenían posiciones conservadoras, de control oligárquico del sistema político, frente a los moderados, con Adams a la cabeza, que conectaban con el campesinado. Aunque el Partido dominaría la escena política desde la independencia hasta 1800 estas tensiones económicas y políticas internas provocararían su declive y el triunfo de sus rivales.

En 1792, Jefferson había fundado el Partido Republicano. Frente a las posturas centralizadoras de los federalistas existía otra tendencia, muy pronunciada en los estados sureños, que defendía el poder de los mismos. Jefferson recogerá estas aspiraciones y conseguirá el apoyo de los pioneros del Oeste y los pequeños propietarios rurales frente a los grupos de poder económico del noroeste, que tenían en Hamilton uno de sus principales valedores. El Partido Republicano obtiene en 1800 no sólo estos apoyos citados sino también los de los moderados federalistas enfrentados a Hamilton. Jefferson es elegido presidente. Los republicanos se asentarán en el poder durante un largo período gracias, además, a la desunión entre los federalistas, como hemos tenido oportunidad de comprobar, pero, además porque los republicanos llegaron a incorporar a sus políticas parte del programa de los federalistas.
Jefferson

El país entra en una fase de clara expansión hacia el oeste, incorporándose nuevos estados, algo que se convierte en un nuevo factor que afecta a los partidos políticos, que deben tener en cuenta la nueva situación. En este sentido, Jackson remodela el Partido Republicano en un sentido democratizador, y lo transforma en el Partido Demócrata en 1829. El nuevo partido controlará la vida política norteamericana hasta 1860.

Por su parte, en 1856 se producen movimientos importantes en la Asamblea de Pittsburg y en la Convención Nacional de Filadelfia, donde nacerá el moderno Partido Republicano. Se trata de una formación que recoge las aspiraciones de distintos grupos pero que tienen en común tres principios: nacionalismo, antiesclavismo y prohibicionismo. Sus bases se encuentran entre los empresarios e industriales del noroeste y los antiguos federalistas seguidores de Hamilton. Accederán al poder supremo en 1861 con la victoria de Abraham Lincoln.


Eduardo Montagut


sábado, 5 de diciembre de 2015

República

En un momento en el que reverdece el espíritu republicano en nuestro país, podemos detenernos sobre el significado histórico y político del concepto de república. Pues bien, estaríamos hablando, efectivamente de un concepto político pero, también jurídico. Procede del latín, “res publica”, opuesto a la “res privata”, es decir, la comunidad política o “cosa pública”, frente al ámbito privado, una diferencia que era muy evidente entre los romanos. En este sentido, se trataría de un término genérico equivalente al bien común. Aunque el origen de la república aparece en el mundo romano, no cabe duda que, realmente encontraríamos el principio republicano en las polis clásicas griegas.

Posteriormente, la república se puede asimilar a la “civitas” medieval, dando origen a las repúblicas aristocráticas. En la Europa absolutista, las repúblicas se asociaban a regímenes basados en el derecho, o en territorios pequeños donde eran posibles gobiernos que, sin ser democráticos, sí estaban sujetos a complejas legislaciones con contrapesos institucionales que impedían la concentración personal del poder, propia de las monarquías absolutas, aunque terminaran controlados por oligarquías. En esta época hubo algunas repúblicas importantes, como la Serenísima de Venecia, por ejemplo. Por otro lado, en el mundo anglosajón surgía el concepto de “commonwealth”, vinculado al significado del bien común.


El concepto moderno de república nace en la época de las revoluciones americana y francesa en el momento que se constituyeron sendas repúblicas, una vinculada al nacimiento de una nueva nación y la otra al destronamiento de un rey y la abolición de la monarquía. Los súbditos pasaron a ser ciudadanos con reconocimiento y garantía de sus derechos y se instauraron democracias representativas con división de poderes.

En nuestro tiempo, la república se puede definir como un sistema de gobierno contrapuesto a la monarquía y caracterizado por el cambio periódico de la jefatura del estado que tiene un mandato limitado y temporal, frente al principio hereditario de la segunda. La elección de la presidencia de la república varía entre los dos grandes modelos de república que existen. En el caso de las repúblicas presidencialistas, donde el presidente tiene amplios poderes, el jefe del estado es elegido por los ciudadanos, directamente como en el caso francés y en casi todas las repúblicas latinoamericanas e indirectamente, a través de la elección de unos compromisarios, como en Estados Unidos. Por su parte, en las repúblicas no presidencialistas, donde los presidentes tienen poderes muy limitados, éstos suelen ser elegidos por el poder legislativo, como ocurre en los casos alemán o italiano, entre otros. En todo caso, no existe regla fija y cada república tiene su propio sistema, fijado en su constitución respectiva.

Pero si en la historia contemporánea el concepto de república se ha asociado a la democracia representativa, al reconocimiento y garantía de derechos, así como a la división de poderes, conviene hacer algunas matizaciones importantes en relación con esta asociación, aunque no aplicables, en mi opinión, al caso español, ya que, con la excepción actual, la democracia solamente ha existido en nuestro país cuando ha habido repúblicas. En el mundo han existido y existen repúblicas que no han tenido ni tienen respeto alguno por los derechos de sus ciudadanos, donde no ha habido ni hay clara división de poderes, y donde la democracia ha brillado y brilla por su ausencia. Pensemos en las dictaduras latinoamericanas de los años setenta y ochenta o en algunas repúblicas del universo musulmán, por ejemplo. Por otro lado, ha habido y sigue habiendo un tipo de república asociada a la denominada “democracia popular”, y que es una variante del totalitarismo. Pero, además, las monarquías parlamentarias occidentales nada tienen que ver con las monarquías del pasado y poseen los demás principios de las repúblicas democráticas, a excepción del tipo de jefatura del estado.

Otra cuestión es si estamos dispuestos los españoles y españolas a seguir teniendo una monarquía o no, debate que está inmerso en uno más general sobre la necesidad de profundas reformas institucionales de nuestro sistema político, en plena crisis de credibilidad del mismo, y que tendrían que ir encaminadas hacia una mejora de la calidad democrática, además de la polémica sobre si la actual monarquía es heredera o no del franquismo, aunque sus funciones no sean, lógicamente, las mismas que las que fueron diseñadas en su momento por Franco en una ley fundamental.

Eduardo Montagut